Aquella mujer presumía de tomar las decisiones oportunas, nada se le escapaba. Sabía elegir sus pasos, y si algo salía mal no era más que un pago anticipado de lo bueno que podría venir. Sin supersticiones, sólo vivía… esperando, pero vivía.
Cuando respondió aquel mensaje, su gato McGyver se le acercó para mostrar su superioridad frotándose contra sus piernas –¿Nunca te cansas de tragar? –. Como sea, aun había algo de capital para comprarle algo de comida al gato y para ella, para pagar la luz que cada tarde a las 4:00 se ausentaba porque el vecino gustaba de conectar sus “diablitos”, para el agua que salía de la regadera con color oxidoso y la renta que doña Chona pasaba a recoger muy puntual para pagarle los intereses a Jeremías (un prestamista al que doña Chona le había solicitado dinero para comprar una lavadora que en la televisión decían que casi lavaba sola y el Play-Box 3 de su hijo Filomeno). Pero volviendo con Venustiana Morales,… el punto es que hasta para darse uno que otro lujo alcanzaba, eso sí, sólo por los próximos veintidós días.
Le sirvió la última ración de comida a McGyver. Ese gato era la prueba irrebatible de que su madre se había equivocado cuando de niña le dijo que cada vez que se tocaba “su parte” Dios mataba a un gatito. ¿Y en qué dios creía Venustiana? ¿En el zoocida que su madre le había contado? No, era más bien ese punto que no se alcanzaba a ver, el horizonte que estaba tan lejos, eso que se expandía y comprimía a un ritmo vertiginoso y fatuamente imperceptible.
Se hizo dos coletas en el cabello, se maquillo tratando de no presumir su rostro o, en su defecto, taparlo con tano polvo. Salió de su casa para almorzar sin pensarlo dos veces, había hecho los cálculos de los próximos días y, al menos ése, no afectaba su situación en cuestión de alimentos –Las enfermeras del doctor Enema –susurraba mientras subía al autobús –¿Pues quién se creen que soy?
Ya en el mercado, almorzó sus ocho tacos de oreja mientras miraba la noticia del reverso del periódico que un tipo leía: “Tragedia: persona cae desde el sexto piso de su trabajo”; y en letras más pequeñas: “Única testigo sospechosa. Se cree que pudo haber sido homicidio” –Qué pendejo –murmuró Venustiana.
Aquel día ella caminaba un poco más pensativa, incluso se le ocurrió pensar que, talvez, aquella película a la que se negó a participar podría ser la oportunidad de dejar de ser una actriz secundaria y convertirse en la protagonista –Ésas si que ganan buen dinero –, después de todo hasta había aceptado la ayuda de un director de aquellas “historias alter-realistas” al aumentarse la medida de su busto –¿Qué tienen ellas que no tenga yo? –Más dinero.
Por ahí iba Venustiana o Venus T., que era su nombre artístico. Llegó, sin quererlo, al negocio de su amigo Florencio: D´Florenz: look y moda a tu estilo; aún no logro comprender la ironía en el título de esa franquicia. Aquella mujer pensó que un corte de pelo no le haría mal, es más, podría ser una buena inversión. Hizo cálculos… sí, sólo comida más barata para McGyver.
Entró al negocio de Florencio, le saludó con su beso en la mejilla. Él la invitó a sentarse.
–¿Cómo te lo voy a cortar? –preguntó Florencio.
–Como sea –respondió Venus –. Algo así más corto de cómo lo tengo, medio diferente.
–Ah, ya sé cómo, lo quieres menos largo.
–Ándale, tu si sabes.
Y así le hizo al tonto el maestro de los cortes de pelo, maquillaje y alta confección de ropa para dama. No importaba cómo quedara, de todas maneras algún defecto le iba a encontrar y después de unos días esa mujer iba a regresar a pedirle que lo corrigiera pagando más de lo que ese corte iba a costar, además tenía pensado cerrar temprano porque tenía una cita con una mujer que había conocido en la Feria del Caballo de la ciudad de junto (¿Qué?, no me veas así, jamás dije que fuera gay o como diría la patética Ana: Auto-homosexual; ese tipo era un mujeriego, que le gustaran esas otras cosas nada tiene que ver).
–¿Y qué pasó Venustiana? –preguntó Florencio –¿Ya tienes chamba?
–No –respondió –Cómo ves que me querían para que anduviera practicándome enemas.
–Ya cambia de jale –recomendó el estilista –, mira que a mí, a veces, se me junta la gente aquí y no sé ni cómo hacerle. Aquí te doy chamba.
–No, qué va, yo aspiro a más dinero. Vas a ver Florencio, va a llegar mi tiempo.
Mientras Venus T. veía caer su cabello castaño escuchaba en la radio las predicciones de la doctora Madame Salustia (no te digo, otra vez ¿y esos ojos?, también tenía una sección en la radio y, antes de que olvide decirlo, un consultorio en el centro de la ciudad). Venustiana reía cuando escuchaba aquellas historias que, según ella, así las revolviera y cambiara el signo zodiacal, podía ser la vida de cualquiera –Ese es el secreto de esa gente –siempre pensaba –, las pendejadas que dicen están diseñadas para que a cualquiera le queden –. Si te contara Venustiana, no a todos.
–Las enfermeras del doctor Enema –reprochaba –¿Cómo ves? –Haber, quiero que eso sea lo que diga la Salustia esa.
–Cálmate –dijo Florencio –¿Tú no crees en eso? ¿Pues es hasta doctora?
–Otro doctor para acabarla de amolar –respondió Venustiana –. No les creas a esos charlatanes, nada más se aprovechan de la gente.
–Yo nomás decía ¿Tú que signo eres?
–Pues la verdad ni me acuerdo –Venus pensó unos momentos –Ah, ya, soy virgo.
–No pues la neta si la chingaste.
–Pero pues te digo que eso no es cierto, fíjate –Venustiana hizo un además de guardar silencio.
En la radio, con voz recortada a tal modo que casi era una robotización de la lengua misma y entremezclándose en momentos con el canal de la estación de los bomberos:
–Virgo –dijo Madame Salustia –, te llegará una gran oportunidad que no dejarás ir. No descuides a quienes viven contigo, y que Dios te cuide.
–No pues si le falló –dijo riendo Florencio.
–¡No jodas! –grito Venustiana –. No le dejé agua al McGyver.
Y así como dijo eso salió corriendo con la bata que Florencio le había puesto, el cabello húmedo y un peine atorado en él. Cruzó la calle sin voltear a ver cuando un coche se atravesó en su camino haciendo que Venustiana se detuviera justo donde un autobús iba cerrando la puerta sujetándola de la bata ¿Qué mas decir? Fueron nueve manzanas antes de que el chofer se diera cuenta de que llevaba una pasajera no contemplada… llevaba, porque la bata se rompió y lo que siguió fue el neumático.
Requiscat in Pace
–¿Sabes qué, Madrigal? –¿Qué paso, Nueve? –Eso de la película se oía interesante –Esperaba que dijeras algo más sustancial –¿Esperabas? Pos no. Mira lo que le pasó a la Venus T. por esperar, si hubiese aceptado la chamba de los enemas no le habría preocupado la lana, ni hubiese andado pensando por la calle para terminar con ese wey escuchando la radio –Supongo que a veces eres algo elocuente –Más veces que tú –Pero no hay que ser tan paranóico, simplemente no hubiese salido de casa –¿Y qué pasó con el McGyver? –Por aquí debe de andar, hace poco lo vi –Pos al menos dejó de vivir con miedo –¿Por qué? –Pos mira que vivir bajo amenaza de muerte con esa mujer… “Pasan los días, te doy la razón…”
4 comentarios:
Me gustaria leer algo más de ti,me parece interesante lo que escribes y por ende, lo que pones. Saludos.
jajajajajajaja doctor enema jajajaja
jaja, si sigues así pronto terminarás dejando la música para dedicarte a hacer literatura, cuidado Madrigal, podrías caer...
jajajajajaja
Otra vez encantada de leerte madrigalito!!!
siguele asi que me encantan tus tumbas y espero que sean mas de doce que los muertos contigo acaban bien chido jaja n_n
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