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viernes, 25 de junio de 2010

Condena

Había comenzado bien el día. Se había levantado temprano, a las once de la mañana (sí, como dirías tú: a las once de la madrugada). Tenía comida en el refrigerador –Bendita mi madre –dijo –que me trajo ayer una despensa completita –. Bueno, era independiente, pero el trabajo que tenía no era fijo y no se podía salvar de las visitas de su madre que, preocupada por que su hijo estuviera bien, lo iba a ver cada semana.

Hablemos del trabajo, te diré, era músico y lo contrataban para armonizar fiestas de gente pudiente con música clásica de piano.

Como muchos músicos trabajaba cuando podía, sin preocuparse por el dinero, dormía sus ocho horas diarias: de 5:00 am a 1:00 pm; a veces dormía menos, como ese día. Su cerveza no le faltaba en el refrigerador, su whisky Clan McFregon en la mesa de noche y sus cigarros Delincuentes en su bolsa trasera del pantalón en una cigarrera que le había regalado su ex novia quien lo había dejado porque, según ella, no le veía futuro a aquel digno hijo de Caín –¿Futuro? –pensaba –¿No tengo futuro? Tengo todo el futuro del mundo para hacer lo que quiera con él –. Incomprendido.

Ese hombre, mezclado entre una humanidad que no entendía la altura de su vocación, veía la vida como una pieza clásica. A veces era un canon rutinario con un ritmo larghetto o una sonata en un andante y lo mejor era cuando se sentía en un impromptu frenético –Si Dios existe debe ser un músico excelente –pensaba mientras se preparaba un sándwich de atún. Siempre había un patrón en la vida como en la música, siempre lo tenía que encontrar. Tomando la vida como viniera.

Recogió el periódico que le habían empujado por debajo de la puerta (antes de que preguntes), lo pagaba con algunas cervezas al repartidor cada semana. Se sentó en el sofá roído por una rata que ya había encontrado su fuente de alimento en las migajas que el pianista dejaba caer, a veces más a propósito para su compañera.

Comenzó a leer. No le gustaban las notas rojas, pero las leía porque su enfermedad compulsiva no le dejaba prescindir de las letras enormes de aquel parte informativo. Así comenzó: “Mujer muere atropellada entre las llantas de un autobús” “Una mujer fue brutalmente…” –Ah, no vale la pena, ni la conocía nadie –. Dio vuelta a la hoja. A él le gustaba leer las frases célebres que repetían cada dos semanas, ver las mujeres casi desnudas de la hoja al reverso de los chistes y el… –¿Se solicita pianista? –… bueno, eso si era nuevo. Leyó: “Bar solicita pianista de música clásica. Informes en bla, bla, bla…”. Lo pensó un momento, era un trabajo fijo, no era su filosofía; por otro lado, combinado con los trabajos eventuales era aquello más… whisky –Cual pinche McFregon, puro Juan andantino –. Se dirigió al teléfono público de la esquina mientras seguía viendo (porque ya no leía) el periódico. Se topó sin querer con unas letras de medio tamaño: “Horóscopos del día por la doctora Madame Salustia” (haber, haber ¿Tampoco te dije eso? Recapitulo: tenía su espacio en la televisión, en la radio y en el periódico. Decía lo mismo cada día, digo ¿para qué cansar a los astros con más preguntas? Tienen cosas más importantes que hacer como estar ahí dando vueltas y mirando el tiempo pasar)… (ah, vale, y aquella mujer también tenía su consultorio en el centro de la ciudad ¿Puedo seguir? Gracias). Aquel músico vio fácil leer lo que venía ahí. Era capricornio o como el decía –Soy un cabrón –. Se dispuso a leer: “Capricornio: Los astros han decidido bendecirte hoy con esperanza y libertad, disfrútalas, y que Dios te cuide” –Qué pendejadas –. Guardó su periódico al llegar al teléfono.

La persona que lo atendió era Camelia Rico (ya te hablaré de ella después) y para su fortuna, pensó, obtuvo el trabajo; sin entrevistas, sin mostrar lo que hacía. Sólo tocar unas piezas clásicas y dar gusto a la gente conocedora del arte auditivo que iba a ese lugar.

Regresó a su casa a prepararse para aquella su primera noche como pianista de aquel lugar: “El gato de Marcella”. El solo nombre le daba un aire de intelectualidad y sofisticado aprecio por el arte, eso suponiendo que aludía a la pintura de Kirchner (sí, esa que se llama “Marcella Artista” donde la adolescente está recostada en el sofá)

Para festejar aquellos nuevos compases en la pieza musical de su vida decidió ver una de las películas donde aparecía su actriz favorita: Venus T.; –A estas chavas las han de matar después, nunca te encuentras una igual –decía –. Después de la interacción con su mano se dio un baño. Se puso aquel traje de siempre: el clásico juego de pantalón, chaleco y saco negros y camisa azul. A las siete de la noche, a una hora de su debut, se dirigió a aquel lugar.

Llegó con su sacó al hombro, aquel sitio no estaba mal, no era lo que esperaba pero no lo que no. Un ambiente agradable, con una luz tenue que hacía resaltar el piano en el centro del bar. Se dirigió con uno de los meseros

–Hola. Soy Lorenzo Padilla y hable con Camelia Rico. Soy el nuevo pianista –dijo en voz baja.

Aquel trabajador se fue por la jefa. Cuando lo atendió le invitó a sentarse y a tomar una cerveza por parte de la casa. Y ambos comenzaron a hablar como si el respeto y la educación fuera parte de su vida diaria.

–Entonces, Lorenzo, ¿Cuáles te sabes? –preguntó Camelia.
–Usted no se preocupe –respondió el pianista –, ya verá que no se va a arrepentir.
–Pues cuando quieras –y advirtió –. Tienes derecho a otras dos cervezas, las demás las pagas tú o te las puedo descontar de tu paga que, como ya te dije, será por día que te presentes. Quedamos en que eran tres a la semana.
–Gracias –dijo Lorenzo y con pena se atrevió a preguntar –. No se que otros números presenten aquí pero por la ocasión se me hace algo vulgar vender cerveza en lugar de algún whisky, coñac, ron. No se ofenda.
–No hay ofensa. Y sí, vendemos de eso, desde Bucañas hasta Juan andantino. Pero en caso de que tú quieras algo de esas bebidas que me mencionaste piénsalo bien, porque tus tres cervezas gratuitas no le llegan al costo de una copa de aquello, a menos que quieras, como ya te dije, pagarlas o que se te descuente, te alcanzaría para tres copas en el último de los casos. No te ofendas.

Lorenzo se sentó al piano y el lugar se quedó callado, esperando que aquel hombre comenzara a tocar para seguir con sus tertulias –Órale pues cabrones –pensó y enseguida empezó a tocar algo bastante típico y hasta aburrido y rutinario a su parecer: el nocturno No. 2 del opus 9, de Fryderyk Franciszek Chopin. El bar siguió su curso.

Mientras tocaba aquella pieza, la gente conversaba, tomaba, fumaba, reía y a unos cuantos se les veía tamborilear los dedos al ritmo de aquel vals. Entre aquellas personas se encontraban dos mujeres, parecían llegar ligeramente a los veinticinco años, una era morena con el pelo teñido de rubio y largo, la otra de piel clara con pelo negro y corto. Ambas lo miraban sin discreción, esto hizo que se pusiera un poco nervioso y falseara un re sostenido transformándolo en un mi; nadie se dio cuenta. El correspondía con miradas esporádicas e insinuantes, ellas reían.

La noche transcurría entre Chopin, Mozart, Beethoven, Brahms, Liszt, Ravel, Bach y, erróneamente a mi punto de vista, Tiersen. La mujer rubia se levantó de su silla, se dirigió a él.

–¿Tienes algo más de Beethoven? –preguntó.
–Claro –respondió Lorenzo “Seguramente quiere Para Elisa, estas pinches niñitas no salen de esas canciones tan comerciales, y yo que no la quiero tocar” –¿Cuál te gustaría?
–La sonata No. 8 del opus 13 –respondió la mujer.
–Vale –“Patética, adivino: quiere el segundo movimiento, el Adagio cantabile; se ve rete fresa. O el tercero, el Rondo: Allegro; eso seguro porque ha bailado en la maquina esa del pump it up –¿Qué movimiento?
–El primero, claro: el Grave Alegro di molto e con brio.
–En un momento –Lorenzo sonrió “Pos se ve que sabe”.

La chica se sentó en su lugar. Lorenzo prosiguió con la que había pensado tocar antes de la rubia y después atendió su petición. Una cerveza llegó por parte de aquella mesa. Alrededor de las 3:00 am, con el bar casi vacío, Lorenzo se dirigió a cobrar su paga.

–¿Qué pasó con el otro pianista? –preguntó Lorenzo a Camelia –No le había preguntado.
–Se metió de microbusero –respondió la jefa olvidándose de las formalidades –, qué había más lana, pero el pendejo atropelló a una viaje en su primer día. Se lo llevaron al bote.

Lorenzo salió del lugar. Una voz lo detuvo.

–¿Tienes un cigarro? –preguntó una de las chicas del bar que le veían, la de cabello negro.
–¿A cambio de qué? –respondió preguntando el músico –Te advierto que ya no tengo, necesitaría que me acompañaran a comprarlos.
–Mi amiga está en aquel taxi –apuntó la mujer –¿Cómo ves? Traemos una de Juan Andantino.
–Pos en mi casa son bienvenidos tú, ella y Juanito –se dirigió con ellas al taxi.
–¿Cómo te llamas? –preguntó la rubia ya cuando el taxi había arrancado.
–Lorenzo –dijo –¿Ustedes?
–Yo soy Esperanza –respondió la rubia –y ella es Libertad.
–Madres –susurró Lorenzo recordando a Madame Salustia quien le había pronosticado que desifrutaría de aquello, bueno, el día anterior porque ya era el día siguiente "No podía ser tan exacta" –… digo, mucho gusto ¿A qué se dedican?
–Trabajamos en “El fisgón del centro” –dijo Libertad.
–Siempre lo leo… Ah, ya, Libertad, Esperanza… cómo no me di cuenta, no son las que se encargan de las notas rojas.
–Sí ¿Cómo ves las muertes que ha habido? –preguntó Esperanza –A mí me tocó ir a comprar unas toallas femeninas cuando empujaron al wey en su trabajo y esta pendeja iba en le autobús que atropelló a la vieja chichona esa.
–No pos pura tragedia –dijo Lorenzo –. Pero pos hoy vamos a pasárnosla bien los tres ¿no?
–Eso sí –dijo Libertad –¿Y si nos amanecemos? ¿No hay pedo?
–Pos sólo si nos quedamos en camas diferentes –respondió el músico y al ver que las mujeres no pusieron “peros” comenzó a gritar por dentro “ménage à trois” –¡Ah! Los pinches cigarros. Párese aquí –le dijo al chofer.

Lorenzo se bajo a comprar los cigarros en uno de esos lugares donde a veces tienes que alegar a altas horas de la madrugada porque no te venden alcohol y no puedes ganarle al vendedor por mucho que sepas de derecho.

La suerte de Lorenzo estaba perfecta hasta que al mismo lugar entró un tipo, que minutos antes había fumado mariguana con una manzana, a asaltar el lugar. Le clavó una navaja oxidada en el estómago a Lorenzo cuando éste se resistió a no darle sus Delincuentes al delincuente, luego, cuando el músico cayó le recetó otros cuatro navajazos. El asaltante huyó olvidándose del dinero por el que iba y de los cigarros que Lorenzo, como un héroe, había negado a entregar.

Requiscat In Pace




…..
–¡Mierda! Pober wey, esas noches no se repiten y a veces ni se dan –Esas cosas siempre terminan mal, Nueve –Y yo que creía que malo era preguntarle a un comerciante del tianguis de dónde saca su mercancía –Sí, puede intentar clavarte un bolígrafo en el hombro –Pero esto que le pasó a Lorenzo no fue malo, fue lo peor de lo malo, y mira que yo se lo que es “malísimo”, que es lo malo de lo malo, pero lo peor de lo malo es más que malísimo… es “muy malísimo”. Pobre hijo de Caín –Dicen que la maldición de la descendencia de Caín es el rechazo y… –Pero esto ya es crueldad y de las más feas, es más, agrégale a “muy malísimo” el “feo”, es como “feamente malísimo mucho”… ¿Rechazo? Los pelos de Beethoven –Pues el futuro que presumía no era muy largo –O él era mucho para el futuro. Ahí tá, Madrigal, chance era eso. Ojalá cuelguen al ladrón sin motín, no te digo de dónde pero que lo cuelguen –De hecho se le atravesó otro taxi por aquel puente –¿Aquel? –Sí, y por querer evitarlo se hizo a un lado y… bueno, el cuerpo lo encontraron unos niños que estaban bañándose en el río –Cabrón –Ni te molestes en buscarlo, Nueve, aquí no está, imagínate que te tuviera que contar también de él, como dices tú “Ni madres”, mejor así, que se quede en otro lado –Cabrón, pero pos bueno, pobre Cainsito… “Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra” –No creo que tenga mucho que ver… –¡Cállate! Ora si me hiciste encabronar y pa no perder la costumbre de decir algo al final lo diré de nuevo: “Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”

1 comentario:

José Agustín Solórzano dijo...

bravo!!!
el mejor de la serie no mames jajajaja, muy cagado y me encantó el Lorenzo caón, lastima que se tuviera que morir... chaaaa