Déjame decirte que hoy vi a la muerte de cerca. No era flaca pero sí delgada, no estaba en los huesos pero sí casi desnuda, no tenía treinta como dice Saramago pero tenía los años que yo cargo. Sí, era hermosa, de piel blanca y pelirroja, con unas tenues pecas en su rostro y en sus hombros. Claro que tenía ojos, sus cuencas no estaban vacías como calavera pero su mirada era una vista hacia la nada. Una femme fatale en toda la extensión del término.
No sé si era muda pero no le escuché palabra alguna, sólo movía sus labios imitando las palabras, como el susurro de un susurro, como si lo que quisiera decirme fuera más privado y personal que lo privado y personal. ¿Cómo sabía que era la muerte? Muy fácil, qué no entiendes, ya te lo dije, era la muerte, que mejor explicación.
Yo le pregunté que si le ayudaba con la guadaña, que se veía muy pesada; ella me respondió (como ya te dije que lo hacía) que no, que no era pesada, sólo estorbosa. Luego le pregunté que si quería que le hiciera algún favor; y me dijo que si quería hacer eso que escuchara “Glommy Sunday”, que le podría ahorrar algo de trabajo. Le dije que eso no, que la última canción que escucharía si supiera cuando moriría sería una mía. Ella se rió, ahí sí salió ese ahogado y casi imperceptible sonido gutural. Me dijo que le cantara una canción y le canté “Destrózame el corazón”. Antes de terminar me callé, sin decir nada me alejé. Sabía de qué iba. Ella me dijo “adiós” y yo susurré “de rato”.
Todo esto fue en un segundo, minutos después de despedirme de Galilea. ¿Qué pasó? Ya te dije que hoy vi a la muerte de cerca, eso pasó. Me reservo lo demás. Ya te dije cómo era, ya te dije que le gustan mis canciones, que mi último concierto será privado para ella… y después que pase lo que tenga que pasar entre nosotros.
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