Te das cuenta que te has perdido cuando te encuentra, cuando la ves acercarse a ti, extender su mano.
–Hola, señor Madrigal, un gusto volver a verlo.
La encuentras encantadora, seductora, tentadora, sugestiva –antojable –. Ojos de gata –grrrrrr –, piel de león blanco –grrrrrroarrr –; cuerpo de tentación –cara de “no te la perdonaba” –. Ella es un universo dentro de otro universo, tú sólo te miras como lo que es la nada, la materia oscura, lo que está ahí y no está dentro de ella… puedes ser algo, pero sólo eres una hipótesis en su alma, en su corazón –¡big bang! –. Te despiertas de aquel surmenage. Estás cansado, no engañas a nadie. Te ve inseguro de extender tu mano, te sonríe desconcertada. Tragas saliva.
–Igualmente, señorita Como se llame –no, enserio ¿Cómo se llama?
Tanto tiempo sin pronunciar su nombre que lo has olvidado, tantos días sin saber que pasó. Pero sigue igual, los mismos tenis rotos, la misma blusa que hace resaltar el color de su piel y su pelo; la misma sonrisa, dudosa también, aparecía y desaparecía –me suena, lo he visto en otro lado, esa sonrisa que aparece y desaparece, como la luna menguando –qué va, no importa.
Caminas con ella, la escuchas, notas su flirteo, su mano rozando la tuya. Te mueres de ganas por decirle que te haga el amor por lo menos una vez a la semana como pago por haberla conocido, sabes que desea escuchar eso, lo notas en su voz, en su mirada “fina pero coqueta”. Aun así, te pones digno.
–Escúcheme bien, Como se llame. Me gusta mucho, las pelirrojas me vuelven loco, les diría que sí a todo, sin dudar, y usted es la primera pelirroja que veo (por lo menos hoy). Pero soy la persona menos adecuada para compartir un paseo y peor para compartir otras cosas. Criticaré todo lo que vea y estará condenada a tener que escucharlo. No la llevaré a los lugares que quiera (salvo ciertas excepciones: fondas, bares, hoteles, la taquería de doña Chepa). No soy lindo, mucho menos romántico, no soy tan atento, me aburro de escuchar pláticas extensas y mi mente se va a otro lado cuando eso pasa (no le diré que la escuchaba, le seré honesto “Estaba siguiendo su conversación hasta que comenzó a hablar de lo que le pasó esta tarde” o “Perdón, miraba a ese perro orinar la llanta de ese coche”), simplemente es mi naturaleza, acostumbro imaginar mientras hablan y no precisamente del tema. Si se presenta una situación para burlarme de usted no dejaré ir esa oportunidad y lo haré a carcajadas, a pierna suelta, casi para orinarme. No me gusta bailar, ni duranguense, ni reguetón, ni perrearle, ni dar de taconazos; si quiere bailar, baile con otro, yo sólo le acepto un vals o un tango. No le compraré nada curioso, ni que ensalce nuestra relación, ni pequeño, ni brillante, soy detallista a mi manera (si quiere algo le invito una caguama o las que quiera para ver si se pone ebria y me dice que quiere meterse en la cama conmigo). Le advierto, no soy el mejor en esos asuntos de las artes amatorias. Borracho le aguanto horas, pero talvez se aburra del mismo vaivén, así que si no está enferma (como yo) le daré miedo porque sacaré los deseos más oscuros que tengo (si supiera lo que me está pasando por la mente ahora); si no estoy ebrio le aseguro no más de cincuenta y tres minutos y bien aprovechados; eso sí, me gusta platicar cuando termino (cinco minutos, porque después me duermo). Miré está empezando a llover y ni crea que le voy a prestar mi chamarra, usted vio que estaba nublado ¿Por qué no se aprevino con algún paraguas? Igual me hubiese protegido a mí ¿Es negro su sostén? Sí, ya se nota, me gusta, pero se vería mejor sin él, creo yo ¿Qué talla es? No, mejor no me diga, no quiero que piense que soy un imprudente… bueno, sí lo soy, lo admito, pero sólo a veces.
–Como dije, señor Madrigal, un gusto volver a verlo.
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