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miércoles, 4 de mayo de 2011

Con/Sin dudas

Igual. Había terminado su jornada laboral, esta vez tarde, a las 2:00pm. Ese día se había levantado como de costumbre: a las 4:00am. Había ido a las oficinas de “El fisgón del centro” por su dotación de periódico y de ahí a repartirlo. La nota era como en los pasados días. En ese lugar en el que nunca pasaba algo interesante, de repente, comenzaron a suceder muertes diarias… sabía que la gente moría todos los días, pero casi siempre era de causas menos espectaculares.

Desde hace unos días todo era así, empezando por el tipo que había sido lanzado desde el sexto piso de su trabajo (claro, eso era lo que todos creían), después la mujer atropellada por un microbusero que había trabajado en un bar, “El gato de Marcella”, lugar donde se estrenaría el músico que le regalaba cervezas a cambio del periódico, eso horas antes de ser apuñalado en una tienda. También llevaría la noticia de la muerte de la amiga de Eulogio, el tal Pagliaccio, su compañero de parrandas, a quien no le encontrarían pruebas suficientes para acusarlo de asesinato. Ahora llevaría la otra mala nueva: una arqueóloga muerta por el descubrimiento en el que colaboraría.

No le desagradaba su trabajo, pero tampoco le gustaba ser el portador de las malas noticias, a ese que miraban mal por la sangre escurriendo del periódico y que aun así compraban –Pinches viejas, ya les he dicho a la Hope y a la Liber que no se manchen con los encabezados… “Testigo silencioso. Asesino jurásico”. Qué chingaderas. De por sí la gente me ve feo, ¿qué les voy a decir? “Hay me disculpa si le mancho de sangre sus manitas seño, nomás límpiese con su vestido y ya está, ah no, ps es blanco, ni hablar, de todos modos ya está medio ruca pa que crean que anda en sus días”. Cabronas –.

Ahí en la azotea de las oficinas de “El fisgón del centro”, con una manzana en la mano, estaba el famoso repartidor del periódico: Gumaro Andrade. Tenía un solo pensamiento (mejor te lo digo después).

Ese día, antes de salir de las oficinas a repartir el periódico lo había detenido Andrea Vázquez.


–Espérate, Gumaro –dijo Andrea –. Es que la cagué, en las predicciones, las de ayer.

–¿Y? –respondió Gumaro –A mí qué, y si la cagaste ayer por qué dices hasta orita.

–Es que no sabía que la iba a cagar, bueno, yo no la cagué, fueron las circunstancias. El punto es que esa nota que llevas no debería de ser, hubo un accidente.

–Sí, ya me di cuenta, por eso la nota. Y ni modo que quieras que no lo venda, o qué esperas que haga.

–La verdad ya ni sé, ya mejor vete.

–A mí se me hace que te metiste algo bien fuerte, según tú para hablar con los astros.

–Total, a ti que más te da, tú ni crees en eso.


Y así partió Gumaro sin darle importancia a lo que le había dicho esa mujer –Pinche Andrea, ta bien loca, y pinche nombre feo, con razón se puso Salustia, ah perdón, Doctora, pos sí, no cualquiera… no cualquiera –.

Sus paradas no son muy importantes. Dejar el periódico aquí, allá, en una casa, en otra. Meterle el periódico por debajo de la cortina del local de Don Régulo durante toda la semana y al final decirle que le debía siete, nunca fallaba. A las 7:00am llegar con doña Eugenia, una señora que vende jugos en el parque, tomarse un café con ella y con la Chapis, la muchachita precoz que le ayudaba (no te diré su edad para que no haya problemas legales); ahí se esperaría media hora mientras platicaban de lo mismo: que doña Eugenia se había quedado huérfana a muy temprana edad, que era viuda y se hacía cargo de sus dos hijos, que el hermano de la Chapis ya había golpeado a un tipo por andar tras ella y que después, este consanguíneo protector, se había ido a su casa a meterse con una adolescente igual de precoz que su hermana quien ya le andaba “tirando el calzón” a un repartidor de refrescos, a un microbusero, a un profesor de ética y a un abogado que tenía a su cargo un caso de estupro. La pura variedad.

Varias entregas después llegaría con Eulogio.


–¿Qué pasó Eulogio? Te veo agüitadón –dijo Gumaro.

–No mames, pos ya ves, la Casimira se nos fue.

–Ni te aflojaba.

–¿Qué pasó? Más respeto. Además ando medio desvelado.

–Cabrón, te fuiste a chupar y no me avisaste –reclamó el repartidor.

–La traigo atrasada y ayer que regresaba como a las cinco de la mañana una pinche vieja casi me atropella. Casi salgo en tu periódico.

–Ah chingao ¿Cómo estuvo?

–Pos ya ves que ayer ni te vi, pos es que fui a las oficinas directamente a comprar el periódico, quería ser el primero en enterarme de lo de la Casimira. Acababa de salir de la delegación y me fui a tomar un rato, todavía ni me quitaba el maquillaje. Llegué a las oficinas bien pedo. Ya me fui leyendo la nota en el camino y hasta me aventé mi horóscopo: que un día relajante, que camarón que se duerme… ¡la verga! Tu pinche amiga está bien loca. Te juro que me quedé dormido y como que un ruido me despertó… era una vieja en su carro que se había subido a la banqueta, si apenas la alcancé a librar.

–No pos si estuvo grueso, échate un bolillito pal susto. Luego nos vemos porque tengo otros entregos. Te dejo el periódico.

–Simón. Deja veo como vienen hoy los consejos de la Tía Milagros.

–Uh, están bien buenos, pinches casos bien cachondos le mandaron.

–De rato pues. Ah, Gumaro, y no es “periódico”, pendejo, es “diario”, sale todos los días, no seas wey.

–Újule, pinche payasito delicado. Muy letrado, muy culto.


(Bien, después de la corrección que ha hecho Eulogio, nosotros también diremos que es “diario” a partir de hoy. Tengo mis razones, después de todo, Eulogio es todo menos iletrado, que le guste ser malhablado es diferente). Gumaro se retiró.

Este hombrecillo siempre dejaba un periódico (ah, pues, diario) al final. Aunque le pidieran ese ejemplar e inclusive le ofrecieran más dinero no lo vendía. Fue a una frutería, compró una manzana, a él no le gustaban las manzanas, pero a alguien mas sí… a la dueña de ese último periódico (diario, diario).Esperó durante media hora antes de que Enemesia Robles saliera de su trabajo, a comer. Dos meses antes ella se había metido a la cama con cuatro hombres a la vez, dando rienda suelta a sus más bajos instintos mientras era grabada sin saberlo. El video rodó por toda la ciudad y llegó (yo que sé cómo, creo el músico, Lorenzo, se lo había prestado) a las manos de Gumaro. Enemesia, por ese detalle, tuvo problemas para conseguir empleo hasta que un gay, dueño de una sex shop llamada “La gatita de Cheshire” (El gato de Marcella, La gatita de Cheshire… sí, hay muchos gatos en este lugar, sin contar al McGyver de Venustiana, y que Pacheco López, que no lo había dicho, tenia un gato que iba siempre a su casa por comida al que bautizó como Schrödinger… aun odio a ese gato, no el de Pacheco, el de Schrödinger y su maldito suicidio cuántico, en fin, ya nos salimos del tema). Este tipo, el gay, había visto el video de Enemesia y la contactó para atender su negocio (habrase visto lógica tan aplastante). Ahí la conoció Gumaro, poco menos de un mes antes de este día del que estamos hablando (no pienses mal, en realidad nuestro repartidor probó nuevas zonas para vender y como en muchos negocios se aburren pues ahí se metió). Él le regaló el primer diario, era un gancho infalible para hacer nuevos clientes; al darse cuenta de que aquella mujer era la misma protagonista de aquel video quedó perplejo, talvez era su cabello color roji-chocolate extraño con raíces negras, o sus ojos color común, o el desenvolvimiento que había tenido en el video al verse enfrentada a cuatro hombres diferentes; pudieron ser muchas cosas, incluso que era muy guapa… si, mas bien pudo ser eso. Por su parte, Enemesia, quedó maravillada con aquel diario, en especial con la sección de la Tía Milagros y el horóscopo de la Doctora Madame Salustia. Con relación a esta última, Enemesia, no conforme con leerla en el diario, también la escuchaba por la radio, la veía en el televisor y estaba por decidirse a ir a su consultorio que estaba en el centro de la ciudad. Gumaro había terminado por regalarle el diario diariamente desde aquel día y siempre, a la hora de la comida le leía su horóscopo.


–Haber, Gumaro –dijo Enemesia mientras comía –¿Qué dice mi horóscopo?

–Tauro –respondió Gumaro –, tu tiempo aun no ha llegado, se paciente, los astros han decidido que esa oportunidad puede llegar cuando menos te lo esperes, y que Dios te cuide.

–Sale, pues no sé de qué tiempo esté hablando pero está bien ¿no?

–Es que no sé por qué crees en eso –respondió Gumaro –, si conocieras a esa mujer, la neta está medio safada.

–Llevas diciéndome un mes que me vas a conseguir una consulta gratis con ella, que estás palanca y nomás no. Por cierto ¿qué signo eres tú? Nunca me lo has dicho.

–Libra.

–Haber, leelo.

–Nel, yo pa qué.

–Ándale, no seas así, nomás por curiosidad.

–Sale pues, nomás porque tú me lo pides. "Libra, hoy darás un dulce regalo a una o más personas, y que Dios te cuide"… ¿Ya? No pos que chingaderas, eso qué, ¿haber?.

–Ya ves –dijo Enemesia –¿Me vas a decir que no me trajiste mi postre hoy?

Gumaro se quedó callado, no quería decepcionar a Enemesia, pero tampoco quería darle la razón a Salustia. Dudó un poco más.

–Mañana te doy dos manzanas.

–Ah, qué caray, yo que hasta ni pedí la tercera torta, para hacer espacio.


Ambos se levantaron de aquella mesa, se dirigieron al trabajo de Enemesia y, antes de que ella entrara a aquel lugar comenzó la hecatombe que había llevado a este tipo a tomar una decisión drástica.


– Oye, te iba a decir, bueno, te voy a decir –comenzó Gumaro –. Es que… pos… ya desde hace tiempo quería decirte… pero… es que mira… tú sabes… ¿sí? ¿no?... que pues… ya ni sé como decirte… pero si te voy a decir… ya te dije que quería decirte… a lo mejor… no sé… ¿cómo ves?... podríamos si tú quisieras… o no sé… bueno, orita me dices… pa saber… sucede que… ira, es que yo… pues tú… chale, déjame organizarme. Pos tú eres una chava bien a toda madre y quería ver si… pos si quieres y te agrado como para eso… si quieres andar conmigo.

–Íjole –respondió Enemesia –. Pues es que yo… tú sabes… ¿sí? ¿no?... que pues… yo… la verdad es que… pues no sé si te diste cuenta… a lo mejor sí… ya sabes… eso… lo que se soltó hace dos meses… a lo mejor y te sientes incómodo de lo que diga la gente.

–No, cómo crees.

–No pos la neta… pos es que ya traigo chavo, Gumaro… ah, y ya me tengo que ir, de rato.


Enemesia se retiró dejando a aquel hombre a su suerte en las puertas de aquel negocio.

Una hora después, Gumaro fue a entregar la cuenta a las oficinas del diario, subió a la azotea para fumar un rato y ahora estamos en el principio nuevamente.

Ahí todo se veía tan sencillo, no se requería el máximo conocimiento en la ley de la gravedad para saber que la aceleración de nueve punto ocho metros sobre centímetro cuadrado agregada al peso de Gumaro haría que la ya mencionada ley terminara por quitar a nuestro querido repartidor de la lista de espera en el cuadernillo de doña muerte (que ya dije, no es la death note). En pocas palabras, que aquel tipo quedaría embarrado en el piso como cucaracha en un desfile el día del aniversario de la revolución.

Talvez estaba enfermo, mal de la cabeza (si tú quieres llamarlo estúpido, también) pero lo cierto es que el “no” de Enemesia le había destrozado aquella víscera bombeadora de plasma vital.

Algo que no sabía Gumaro era que el “Pozoles”, ese reportero de segunda plana que vivía a las sombras de Esperanza y Libertad, subiría en el momento en que se disponía a saltar. El “Pozoles” había subido decepcionado por el hecho de que las reporteras ya mencionadas le quitaron una nota que pudo haberle lanzado un escalón más. Sólo subió a gritar su desgracia cuando vio a Gumaro queriendo saltar. Su instinto de superhéroe le hizo correr hacia el repartidor, jalarlo, haciendo que una curva en su trayectoria aplicara la segunda ley de Newton, rompiera el cristal de una ventana del piso próximo bajo, cayendo sobre unos escritorios de las oficinas. Lamentablemente para Filigonio Santos, el “Pozoles”, fue duro sorprenderse cayendo por la inercia de su heroica reacción. Dos hombres cayendo, los dos bajo el signo de libra, sólo uno seguía respirando: el que no quería vivir.

Talvez lo que ignoraron es que aquella situación trajo para Esperanza y Libertad un dulce regalo, pues ahora tendrían más tela de donde cortar mientras encontraban al sustituto de Filigonio y claro, con la noticia que tocaba a sus puertas desde adentro. Gumaro, ajado, escuchó unas voces lejanas.


–¡Puta madre! –decía Libertad –El Pozoles ya se despansurró, ira nomás cómo quedó el pobrecito.

–Pérate wey, acá está el Gumaro –dijo Esperanza –. Gúmaro, abre los ojos, cabrón, no te nos vayas tú también, a ti si te queremos.

Requiscat In Pace


…..

–Supongo que estamos dentro del accidente –Sí –Tons la Salustia sí anda de versión barata de “El asesino del zodiaco” –Es lo que me saco por ser tan boca suelta, puedes hacer más conjeturas, ya te dije, nada está escrito y menos ahora –Pos si nada está escrito yo digo que lo escrito, escrito está –… –No mames, ya párale a tu tren, Madrigal, ya huele a mariguana la caldera –Mira que viene lo bueno, aquello del accidente hizo que al día siguiente se desatara una fuerza letal en una sola salida de sol –Que te jodan. El Gumaro nomás quería echarse un polvo, la neta, ni modo que fuera amor lo que sentía al ver a aquella vieja coger en un video, nel, se la quería chingar. Aquello que hizo se me hace que fue porque nadie quería echarse un polvo con él y si ni la Enemesia quiso pos valió corneta –Andas media cabroncita, Nueve –“Abre los ojos”.

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